Anchoas de Palamós.

Me han regalado una docena de anchoas de Palamós, en salazón. Aunque pueda parecer poca cosa, es un muy buen regalo, que he agradecido mucho, no sólo por su precio, sino por la dificultad en encontrarlas, al menos por estos lares. Las he estado limpiando, es lo más engorroso si quieres comer buenas anchoas, pero el resultado es la recompensa. Al principio me daban un poco de repelús, hasta ahora las había comido siempre con esa operación hecha por otras personas, pero algún día tenía que decidirme. Debajo del grifo, con agua fría, se separan las dos partes del cuerpo, se quita la espina central y se limpian, se limpian, se limpian…Se ponen después en un cacharro, preferiblemente de cristal, bastante hondo, porque han de quedar cubiertas de aceite (un buen aceite de oliva virgen extra si quieres que estén deliciosas), un par de días de reposo, y ya puedes tomarlas como más te apetezca. Sobre una rebanada de pan tostado y fregado con un buen tomate es, casi, como más me gustan a mí. Y sobre una buena masa de pizza. Y a solas. Y…
Se conservan, una vez limpias y cubiertas de aceite, días y días en la nevera. Si tienes la precaución de taparlas con un papel de aluminio, todavía mejor. Pero sácalas un rato antes de llevarlas a la mesa, para que se templen, porque el frío les cambia un poco el sabor.
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