Treinta euros.

27th September 2007

Treinta euros.

escrito en El revistero, Los restaurantes |

restaurante

Hoy he tenido un día muy liado y no me ha dado tiempo a cocinar. Pero la prensa sí que la he leído. En el periódico Levante he encontrado este artículo que me ha resultado simpático, por lo que lo he copiado para compartirlo, y eso es precisamente lo que ahora hago.

EMILI PIERA

Hay que ver lo complicado que se ha vuelto comer decentemente fuera de casa por menos de treinta euros. La lamentación por la carestía de los precios es un clásico de la literatura elegíaca. Me estoy haciendo mayor, como Bob Dy-lan, que en una de sus últimas canciones habla de «poder adquisitivo de la clase trabajadora». En mi restaurante de guardia -el que me caía más cerca de casa- me han duplicado los precios en dos años. Eso sí: ahora todos tienen carne de potro (o cebra), foie, jamón de bellota y otras finezas. En la única incursión que recuerdo de don Juan Carlos en la crítica gastronómica, el Rey decía que no había que hacerle demasiada publicidad a los sitios donde daban bien de comer porque, inexorablemente, subían los precios. Cierto, aunque quizás inevitable: peor es pagar por lo malo.
Tendré que consultar a todo un gourmet como Adolf Tobeña para ver si la neurología y la psiquiatría tienen algunas claves para entender por qué los vinos se han vuelto todos, de repente, de alta expresión, color cereza y catorce grados y medio, como si el Priorat se extendiera hasta Logroño y el Finisterre. Es verdad que en España nunca hubo tanta abundancia y talento en los fogones, pero la cocina ha ofrecido otra pasarela para nuestro talento de exhibicionistas y nuevos ricos. Supongo que el dinero trotón, injustificado e injustificable, del ladrillo; los billetes que queman y se queman, esta prosperidad sin cimientos, de escaparatistas con el cerebro como una higa y el corazón como una cafetera, debe de haber sido una influencia nefasta -distorsionadora, por emplear un término de la crónica bursátil- en el importante negocio de comer bien y beber mejor aún.
Cuando empezaron a cobrarnos en euros, principiamos a no saber qué pagábamos. O a no querer saberlo para no malograr la digestión. Lo curioso es que mientras todo sube en la mesa, se ha vuelto una rareza el camarero capaz de atenderla con discreción y cuidado.

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