Treinta euros.
escrito en El revistero, Los restaurantes | 
Hoy he tenido un dÃa muy liado y no me ha dado tiempo a cocinar. Pero la prensa sà que la he leÃdo. En el periódico Levante he encontrado este artÃculo que me ha resultado simpático, por lo que lo he copiado para compartirlo, y eso es precisamente lo que ahora hago.
EMILI PIERA
Hay que ver lo complicado que se ha vuelto comer decentemente fuera de casa por menos de treinta euros. La lamentación por la carestÃa de los precios es un clásico de la literatura elegÃaca. Me estoy haciendo mayor, como Bob Dy-lan, que en una de sus últimas canciones habla de «poder adquisitivo de la clase trabajadora». En mi restaurante de guardia -el que me caÃa más cerca de casa- me han duplicado los precios en dos años. Eso sÃ: ahora todos tienen carne de potro (o cebra), foie, jamón de bellota y otras finezas. En la única incursión que recuerdo de don Juan Carlos en la crÃtica gastronómica, el Rey decÃa que no habÃa que hacerle demasiada publicidad a los sitios donde daban bien de comer porque, inexorablemente, subÃan los precios. Cierto, aunque quizás inevitable: peor es pagar por lo malo.
Tendré que consultar a todo un gourmet como Adolf Tobeña para ver si la neurologÃa y la psiquiatrÃa tienen algunas claves para entender por qué los vinos se han vuelto todos, de repente, de alta expresión, color cereza y catorce grados y medio, como si el Priorat se extendiera hasta Logroño y el Finisterre. Es verdad que en España nunca hubo tanta abundancia y talento en los fogones, pero la cocina ha ofrecido otra pasarela para nuestro talento de exhibicionistas y nuevos ricos. Supongo que el dinero trotón, injustificado e injustificable, del ladrillo; los billetes que queman y se queman, esta prosperidad sin cimientos, de escaparatistas con el cerebro como una higa y el corazón como una cafetera, debe de haber sido una influencia nefasta -distorsionadora, por emplear un término de la crónica bursátil- en el importante negocio de comer bien y beber mejor aún.
Cuando empezaron a cobrarnos en euros, principiamos a no saber qué pagábamos. O a no querer saberlo para no malograr la digestión. Lo curioso es que mientras todo sube en la mesa, se ha vuelto una rareza el camarero capaz de atenderla con discreción y cuidado.