Arroz blanco.
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Mi economÃa no es demasiado desahogada estos dÃas, asà que casi nos vamos a especializar en platos baratos, aunque, eso sÃ, con ingredientes de primera calidad. Las verduras de temporada, los pescados sin glamour, los arroces acompañados de casi todo lo que se me ocurra y las pastas con diferentes salsas.
Como me quedó pendiente (cuando mi querido Jose nos descubrió esa extraña y americanizada paella de tomate) hablar largo y tendido del arroz, que es un tema que da para muchos artÃculos, empiezo con la receta para hacer un arroz blanco que luego nos va a servir de base para infinidad de platos, combinándolo con otros ingredientes con los que nos iremos atreviendo.
Necesitamos arroz de buena calidad, unos cien gramos por persona, que lavaremos para quitar un poco el almidón, y posteriormente coceremos con la proporción de agua salada de dos por uno, de la manera más tradicional, es decir, primero a fuego muy vivo y después más lento, hasta que se quede sin lÃquido. Como todas las artes, ésta de la cocina también tiene sus maestros con sus respectivos trucos: que si se lava antes o después de que esté hecho, que si el arroz se cuece tapado, que si destapado, que si se remueve, que si no se toca, que si se ponen unas gotas de limón en cuanto empieza a hervir… Lo más fácil es ir probándolas todas y quedarte con que mejor le vaya al espacio de tu cocina, a la potencia de los fuegos, a tu propio gusto o a tu manÃa más inconfesable. Eso es precisamente lo que yo hago. A mà me gusta lavarlo antes y después, cocerlo a ratos tapado y a ratos destapado, removerlo de vez en cuando y ponerle unas gotas de limón. Asà se queda a mi gusto, y eso es lo que, en principio, importa.
Pues ya tenemos el arroz blanco cocido, que podemos conservar en el frigorÃfico y que nos va a servir de base para más platos de los que te imaginas. Mañana prepararemos uno con verduritas.